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Exibindo Categoria 'Jesús en el pesebre'

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Dic

El primer pesebre de la historia

Posted by Arautos do Evangelho
 

Corría el año de 1223. La nieve cubría con su albo manto la pequeña ciudad de Greccio, en el centro- sur de Italia. Las campanas repicaban festivamente, anunciando la noche de Navidad.

Todos los habitantes, campesinos en su mayoría, se encontraban reunidos alrededor de San Francisco de Asís, quien intentaba explicarles el misterio del nacimiento del Niño Dios. Ellos escuchaban con respeto, pero…no daban muestras de haber comprendido realmente.

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¿Que hacer?

San Francisco buscó algún modo más didáctico de explicar a los iletrados aldeanos la historia de Navidad. Mando traer una imagen del Niño Jesús, una cunita, pajas, un buey y un burro.

Los asistentes se miran entre sí, sorprendidos, pero salen a buscar todo rápidamente.

En poco tiempo, el santo compuso la escena: en el centro, la cuna con las pajas; al fondo, los dos pacíficos animales. Faltaban apenas la imagen del Niño Dios. Con gran devoción, San Francisco la tomo en los brazos, para depositarla en la cuna.

¡Se da entonces el gran prodigio!

Ante los ojos maravillados de todos, la imagen toma vida y el niño sonríe para San Francisco.

Este abraza tiernamente al Divino Infante y lo acuesta sobre las pajas de la cuna, mientras todos se arrodillan en una actitud de adoración.

El Niño Dios sonríe una vez más y bendice a aquellos campesinos allí postrados a sus pies.

Poco instantes después, había sobre las pajas una simple imagen inanimada… pero en el alma de todos permaneció el recuerdo vivo del Niño Jesús. ¡Él les había sonreído!

A partir de entonces, el pueblo de Greccio armaba todos lo años el “pesebre de San Francisco”, con la cándida esperanza de que el milagro se renovase. No fueron engañadas sus esperanzas.

Aunque la imagen no volvió a tomar vida, la Virgen María le hablaba especialmente al alma en esas ocasiones, con gracias sensibles.

¿Qué gracias? Las gracias propias a la Liturgia de Navidad.

¿Sólo para los aldeanos de Greccio? ¡No!, en todos los pesebres del mundo está presente el Niño Jesús —Con María su Madre, y San José— a la espera apenas de que nos acerquemos para, también nosotros, recibir una sonrisa y una bendición.

Es justamente por ese motivo que se esparció por todo el universo católico la costumbre de armar pesebres por ocasión de Navidad.

Haga, lector, como los habitantes de Greccio. Arrodíllese piadosamente delante del Niño Jesús en el pesebre y, por intersección de la Santísima Virgen María, pida para Ud. y para todos sus seres queridos esta sonrisa que comunica felicidad, esa bendición que trasmite paz.

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7

Dic

Una gran alegría

Posted by Arautos do Evangelho
 

Era de noche. Los pastores que apacentaban sus rebaños acababan de oír el anuncio de la Buena Nueva que el ángel les anunciara, y se dijeron: “Vamos a Belén y veamos lo que se realizó y lo que el Señor nos manifestó” (Lc 2, 15). Y partieron “con mucha prisa” (Lc 2, 16) hacia la gruta para adorar al Verbo hecho carne y servir como testigos del gran acontecimiento para los siglos futuros.

Docilidad a la voz del Ángel

1Al entender el significado de la noticia —la llegada del Mesías— los pastores fueron tomados por una mezcla de temor reverencial y consolación, pero no dudaron ni un segundo. Bastó el mensaje transmitido por el celestial embajador para robustecerlos en la Fe y confirmar sus esperanzas.

Sin duda, la luminosa aparición del ángel vino acompañada de una gracia especial que los hacía presentir la grandeza del acontecimiento anunciado. Flexibles a la voz de lo sobrenatural, no expresaron reservas ni pusieron objeciones; por el contrario, lo dejaron todo, abandonando rápidamente hasta los rebaños confiados a su cuidado, y se dirigieron inmediatamente en busca del “recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

Allí, como los apóstoles que, años más tarde serían llamados bienaventurados por el Divino Maestro, también ellos podrían haber escuchado de los labios del Salvador: “¡Bienaventurados los ojos porque ven! ¡Dichosos vuestros oídos porque escuchan!” (Mt 13, 16).

La humildad de los pastores atrajo los ojos de Dios

Aquellos rudos campesinos fueron objeto de esa predilección, por parte de la Bondad Divina, mucho más por ser pobres de espíritu que por su modesta condición social. La virtud de la humildad, que los hacía aptos para comprender los misterios de Dios sin oponer escepticismos arrogantes, atrajo sobre ellos las miradas del Altísimo, del mismo modo que María, por su modestia, fue elegida para ser Madre del Redentor.

Ya en su nacimiento Jesús puso de manifiesto, su amor por los más pequeños, por aquellos que, reconociendo su nada, o incluso su carencia espiritual, ponen toda su confianza en el poder de Dios.

Algunos pueden ver en esta actitud de sumisión ante Dios, tan propia de los santos de todos los tiempos, una despreciable manifestación de ignorancia o insuficiencia. Pero esta es la opinión de aquellos que el propio Jesús denominaría como los “sabios y entendidos” (Mt 11, 25) de este mundo y que, por lo tanto, por cegarse a sí mismos, se hallan privados del conocimiento de las cosas divinas.

La verdadera sabiduría —y ésta sí la poseían los pastores— la alcanzó en grado altísimo la virginal Señora que se inclinaba en adoración ante el mísero pesebre transformado en trono real. Movidos por esa “sabiduría de la humildad” los pastores habían corrido hasta el establo y contemplaban ahora la Sabiduría en persona, reposando plácidamente sobre las pajas: “La sabiduría apareció sobre la tierra, y convivió con los hombres” (Ba 3, 38).

El portal de Belén y los altares de la Iglesia

Hoy en día, en cierto sentido, se repite cada día el misterio de Belén.

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Dos milenios después del nacimiento de Cristo, las iglesias se han multiplicado en todo el mundo y en sus tabernáculos reposa Jesús —verdaderamente presente, aunque oculto bajo la velos del Pan Eucarístico— como otrora sobre las pajas del pesebre, envuelto en los pañales que María le preparara.

La misma disposición que admiramos en los pastores debe impulsarnos a dejarlo todo y correr al altar para encontrar al Señor que desciende del cielo. En los altares de la Iglesia, obediente a la voz del sacerdote, nace Nuestro Señor Jesucristo una vez más, haciéndonos recordar como se presentó ante los maravillados ojos de la Virgen Madre, San José y los pastores, en aquella noche santa.

La Navidad no es un mero recuerdo histórico

La celebración de la Navidad encierra un especial significado litúrgico.

Aunque este nacimiento místico se dé todos los días en los altares de tantas iglesias distribuidas por el mundo, se reviste de una unción y una densidad particulares en la noche del 24 al 25 de diciembre.

No se trata solamente de un recuerdo de hechos históricos cubiertos por la bruma del pasado, sino una realidad más profunda de la que captamos a través de los sentidos. La liturgia de la Navidad trae un conjunto de gracias vinculadas a este misterio, las cuales se derraman sobre nuestros corazones cuando lo celebramos con fervor sincero.

“El año litúrgico — enseña el Santo Padre Pío XII — que la piedad de la Iglesia alimenta y acompaña, no es una fría e inerte representación de hechos que pertenecen al pasado, o una simple y desnuda evocación de la realidad de otros tiempos. Es, antes, el propio Cristo, que vive siempre en su Iglesia y que prosigue el camino de inmensa misericordia por Él iniciado, piadosamente, en esta vida mortal, cuando pasó haciendo el bien, con el objetivo de colocar las almas humanas en contacto con sus misterios y hacerlas vivir por ellos, misterios que están perennemente presentes y operantes, no de modo incierto y nebuloso, como dicen algunos escritores recientes, sino porque, como nos enseña la doctrina católica y según la sentencia de los doctores de la Iglesia, son ejemplos ilustres de perfección cristiana y una fuente de gracia divina por los méritos e intercesión del Redentor “. 1

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La Fe en Nuestro Señor, recostado en el pesebre y presente en la Eucaristía

Hoy en día no vemos, como los pastores, al Divino Niño acostado sobre la paja, pero lo contemplamos, con los ojos de la Fe, en la Hostia inmaculada que el sacerdote presenta para la adoración de los fieles; no oímos las voces de los ángeles, haciendo resonar el “¡Gloria!” por las inmensidades de los cielos, sino que viene hasta nosotros la llamada de la Iglesia, invitando a sus hijos: “¡Venite et adorate gente!”

Si grande fue la fe de aquellos hombres simples para acreditar que en aquel pequeño venido a la tierra en tal carencia, y calentado tan sólo por el aliento de unos animales, se ocultaba el propio Dios, nuestra fe podrá lograr un mayor grado si consideráramos que ese mismo Dios está oculto en la Eucaristía. Entonces podremos también ser contados entre los hombres que el Señor llamó bienaventurados: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29).

Jesús, la suprema Belleza, se oculta en vano a los ojos de aquellos que tienen Fe: su poder se manifiesta en ese día, a pesar de la infancia a la cual lo redujo su amor, y sólo Él —sea bajo la figura de un frágil niño, sea bajo las especies eucarísticas— derrota los infiernos y rescata a la humanidad de la vil esclavitud del pecado.

Navidad: una “claridad” alegre y brillante

¡Cuántas gracias de alegría y consuelo concedidas por Navidad! Cada año, en todas las épocas de la Era Cristiana, esta fiesta máxima abre una “claridad” alegre y brillante en el curso normal, a veces tan lleno de sufrimientos y angustias de la vida de todos los días. Dominados por las preocupaciones o por la ilusión de este mundo pasajero, los hombres se olvidan fácilmente de la eternidad que los espera y miran esta tierra como su fin último.

Todos se afanan en la búsqueda de la felicidad; sin embargo, sólo una es la verdadera, y el Divino Niño viene para indicar el único camino que a ella conduce: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Y en esa noche silenciosa, todos paran delante de la gruta de Belén, gozando, aunque sea por un momento, de esta alegría envolvente, traída por el Redentor.

“Allí, los malvados dejan de agitarse, allí descansan los que están extenuados. También los prisioneros están en paz, no tienen que oír los gritos del carcelero. Pequeños y grandes son allí una misma cosa, y el esclavo está liberado de su dueño” (Job 3, 17-19).

¿De dónde viene la felicidad que sentimos en Navidad?

Ampliemos esos momentos de alegría experimentados al pie del pesebre o en torno al altar. ¿De dónde nos viene, sin duda, esa felicidad? ¿Dónde la podremos encontrar?

Encarnándose, Dios quiso hacerse uno de nosotros, para hacer esa felicidad aún más accesible, más atractiva, más encantadora. Al entrar en este mundo, el Divino Infante abre sus brazos en un gesto que presagia su misión salvadora y parece exclamar: “He aquí que vengo . [...] Con placer hago vuestra voluntad” (Sal 39, 8-9), manifestando en este acto la expresión de su perfecta obediencia al Padre, sellada en el Getsemaní: “Hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22, 42).

Así, en el esplendor de la noche de Navidad se inicia el gran misterio de la Redención, en su doble perspectiva: es el perdón concedido al hombre condenado, manchado por la culpa de Adán y por sus malas acciones; y también la elevación de ese mismo hombre en el orden sobrenatural, convidándolo a participar de la familia divina, por el don de la gracia.

En ese adorable Niño vemos a nuestra pobre naturaleza alcanzar alturas inimaginables, a las que sería incapaz de subir por sus propias fuerzas, y entrar en la intimidad de Dios, inaccesible e infinito.

Celebramos nuestra propia deificación

El santo Papa León Magno, en su famoso sermón sobre la Navidad, puso de manifiesto con palabras inspiradas, esa alegría universal que nos trae el nacimiento de Cristo: “ Nadie está excluido de la participación en esta felicidad. La causa de la alegría es común a todos, porque Nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte y no habiendo encontrado a nadie libre de culpa, vino a libertar a todos gratuitamente. Exulte el justo, porque está más cerca de la victoria; se llene de júbilo el pecador, porque le es ofrecido el perdón; reanímese el pagano, porque es llamado a la vida ”.2

En el Redentor, recostado en el pesebre, vemos nuestra humanidad, reconocemos en Él un hermano, “en muchos aspectos similar a nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4, 15); en los pastores y en todos los que circundan el pesebre o el altar, admiramos una luz, de fulgor hasta entonces desconocido, que brilla, expulsando de las tinieblas de la maldición del pecado que los envolvía . “¡Oh admirable intercambio! ¡Oh Creador de la humanidad, asumiendo el cuerpo y el alma, quisiste nacer de una Virgen; y, convirtiéndote en hombre sin intervención de hombre, nos donó su propia divinidad!”. 3

Celebramos pues, en la Navidad, nuestra propia deificación.

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Tenemos que retribuir todo ese amor

¿Quién no corresponderá con amor al propio Amor en persona? ¿Quién, redimido, no se postrará en adoración ante la debilidad de un Redentor que se hace pequeño para engrandecer a los hombres? Nos queda, por lo tanto, retribuir ese mismo amor al Pequeño Rey que hoy se nos da en el misterio del altar.

El amor hace similares entre sí a aquellos que se aman, afirma el gran místico San Juan de la Cruz. Para consolidar esa unión es necesario, sin embargo, que uno descienda hasta el otro por la ternura o el segundo suba hasta el primero por la veneración.

Jesús ya ha descendido a nosotros por la compasión, por el afecto, por la ternura… Subamos hasta Él o, mejor aún, pidamos, por la intercesión de su Santísima Madre, que Él mismo nos haga subir.

Junto al altar, entonando con los labios el Venite gentes et adorate de la Liturgia, cantemos con el corazón nuestra entrega sin reservas al Niño Salvador.

1 Pío XII, Mediator Dei, n. 150.
2 Sermo 1 in Nativitate Domini .
3 Liturgia de las Horas. Antífona de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, I Vísperas.

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Dic
 

Nevaba. De los labios brotaban sonrisas; de las miradas, alegría; y de los corazones, cariño. Era Navidad. En una pequeña ciudad suiza de los idos años de 1850, un niño llama do Guillermo vivía plácidamente en la confortable casa de su padre, un próspero comerciante.

Con 10 años de edad, disfrutaba el paraíso interior que sólo proporciona la inocencia. La noche anterior había ido con sus padres a la Misa de Gallo. La iglesia parecía una joya, llena de luces y adornos. Un hermoso pesebre despertaba la piedad de todos. Contemplando la imagen del Niño Dios en la cuna de paja, Guillermo se sintió de pronto como elevado en una nube dorada. Todo se había desvanecido a su alrededor y sólo que daba el Dios Infante, que con bondad infinita le hacía una invitación irresistible:

–Naciste para cosas más grandes. ¡Ven y sígueme!

Esa sonrisa divina caló en su alma. ¡Claro que lo seguiría! ¿Pero cómo?

Algunos días después, su padre lo llamó para decirle con aire solemne:

–Hijo mío, deseo para usted algo más importante que comprar y vender tejidos como su padre. Deberá convertirse en un ilustre profesor, en la gloria de nuestra familia. A partir del lunes, irá a estudiar en la escuela del maestro Zuquim.

Para Guillermo, los deseos de su padre eran ley, pero, por otra parte, sentía en el interior de su alma la llamada a una misión muy superior. ¿Cuál sería? ¿Y cómo conciliar la con la voluntad paterna?

Sin saber resolver la encrucijada, hizo como tantos niños de su edad: se olvidó de ella.

¿Quieres darme tu corazón?

1Así pasaron los seis primeros meses de estudio. Caminando un día despreocupado rumbo a la escuela, le pareció ver a corta distancia un brillante globo moviéndose en su dirección.

Una vez frente a él se abrió, sirviendo de moldura a un deslumbrante niño de rostro luminoso. No tuvo dificultades para reconocer la misma fisonomía del Niño Jesús que había llenado de alegría su alma aquella noche de Navidad.

–Guillermo, ¿quieres darme tu corazón?

–¡Sí, por supuesto que sí! ¿Pero cómo?

–Muy fácil: de aquí en adelante me amarás solamente a mí, y harás todo lo que Yo quiero.

–¡Mi corazón es todo tuyo! Pero mi padre me manda estudiar para que sea un gran profesor…

–Haré de ti un profesor famoso, con la misión de ser mi apóstol. Si te ocupas principalmente de la salvación de las almas, yo cuidaré tus intereses mucho mejor que tú. ¿Aceptas?

–¡Sí! ¿Pero cómo sabré qué hacer?

–Permaneceré en tu alma y te orientaré cada vez que me lo pidas. No dejes de rezar mucho.

El globo se cerró y lentamente se fue. ¿Habría sido un sueño? ¿Un espejismo?

Lleno de luz y de felicidad, a Guillermo no le interesó esta pregunta.

Se sentía muy amado por Dios

A partir de ese día, su mayor cuidado era obedecer la voz que le hablaba “dentro del alma”. Siguiendo siempre su orientación, terminó el curso básico del Maestro Zuquim y se matriculó en la Escuela Parroquial. Fue un alumno ejemplar.

Historia, lenguas, matemáticas… ninguna materia era difícil para su inteligencia excepcional. Las clases de religión despertaban su avidez; quería expandir los horizontes de la fe para ser un buen apóstol de Jesús, y no perdía ocasión de conquistar almas para la Santa Iglesia.

Así pasaron algunos años en que todo le salía bien. Frente a cualquier dificultad, se recogía en oración y “oía” claramente la respuesta en el fondo de su alma. Se sentía muy amado por Dios y eso constituía su mayor alegría.

Sordera de alma, la peor desgracia

Por deseo del padre, Guillermo se trasladó a París e ingresó a la Universidad. Los primeros meses corrieron normalmente. Poco a poco, sin embargo, se dejó seducir por la carrera… Quería más tiempo para estudiar, así que disminuyó las actividades de apostolado con sus compañeros. Y desgracia aún mayor, comenzó a reducir cada vez más el tiempo dedicado a las oraciones. Ahora su corazón estaba dividido, pues no pertenecía exclusivamente al Niño Jesús. Éste lo seguía amando tal como siempre, pero Guillermo se había cerrado a ese amor.

Como consecuencia, se apagó la luz de su alma. La felicidad de su infancia desapareció, al punto que se preguntaba si habría sido real o una mera ilusión infantil. Ya no escuchaba esa voz que le hablaba con suavidad.

Le había ocurrido la peor de las desgracias: ¡quedar sordo a la voz de la gracia!

En esa triste situación espiritual, llegó a ser realmente un profesor de gran fama, ocupó altos cargos, amasó una buena fortuna.

Pero había cambiando la inocencia por los fugaces placeres del pecado; la vocación, por las treinta monedas de Judas. A los 74 años, cuando menos se lo esperaba, la muerte le hizo llegar su negra tarjeta de visita. Un ataque cardíaco –cuya gravedad le advirtió su médico– le anunciaba que la partida a la eternidad podía llegar en cualquier momento.

2En un golpe de vista el Prof. Guillermo vio frente a sí la escena de su vida: el Bautismo, la Primera Comunión, el Niño Jesús que le sonreía, su promesa de entregarle exclusivamente su corazón, todos los inmundos pecados que ensuciaban su alma. Nada había quedado fuera de la “contabilidad” de la justicia divina. Una terrible voz redobló en su interior:

–Guillermo, Guillermo, ¿de qué te vale ganar el mundo entero si pierdes tu alma?

Era la voz de la gracia que le rompía los tímpanos para hacerse oír.

Aterrorizado, hizo lo que llevaba décadas sin hacer: recordó el Inmaculado Corazón de María, refugio de los pecadores, y rezó: “Sálvame Reina, Madre de misericordia…”

Confianza restauradora

En ese instante se abrió al frente suyo el mismo globo visto sesenta años atrás, pero esta vez servía de moldura al Hombre-Dios crucificado. Su augusta mirada era de reproche, pero también de clemencia.

–Señor, aunque yo no lo merezco, te pido por intercesión de tu Madre que me des algunos años de vida para hacer penitencia y reparar mi vocación frustrada.

–Tienes menos de una semana. Pero puedes repararlo todo en esos pocos días si practicas una penitencia. ¿Aceptas?

–¡Sí Señor! ¿Cuál es?

–Tener confianza. Confianza completa en la infinita misericordia de mi Sagrado Corazón, en la intercesión omnipotente de la Virgen María y en el amor que ambos tenemos por ti.

La Madre de Dios derramó gracias inimaginables sobre el Prof. Guillermo; su alma restaurada recobró la lozanía. Pidió un sacerdote y se confesó con verdadera contrición. Pocos días después recibió la Unción de los Enfermos y la Sagrada Eucaristía. Sus últimas palabras fueron: –¡Ay, si pudiera decirle a los hombres cuánto nos aman Dios y la Virgen a cada uno individualmente, sin excluir a nadie! ¡Cuántas personas se convertirían si lo supieran!

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Dic

El dulce Niño Jesús de Belén

Posted by Arautos do Evangelho
 

Era la víspera de Navidad del año 1950. Las piadosas hermanas Carmelitas de San José, bajo la orientación de su Superiora General, Madre Paula del Divino Salvador, recorrían las residencias de la ciudad de Izalco, en El Salvador. Las buenas monjas visitaban los pesebres domésticos, cantando y rezando para estimular a los fieles a recibir con alegría el nacimiento del Redentor.

Menino-de-Jesus1En uno de esos hogares, que era muy pobre, les llamó la atención una diminuta imagen del Niño Dios. Parecía esculpido en madreperla, una masa de origen coralino que se forma en el fondo del mar. No tenía grandes pretensiones artísticas, pero sin duda despertaba devoción. Realmente era muy pequeño, ¡y al mismo tiempo encantador!

La familia entonces les contó su historia. La imagen había sido encontrada por su hijo en las rocas de la playa de Las Flores en Acajutla , cuando el padre se encontraba pescando en el mar. El joven la guardó como su mayor tesoro y todos los años era colocada en el pesebre en Navidad.

Allí, el Dulce Niño Jesús de Belén —como se conoció la minúscula imagen— comenzó a ejercer una gran atracción sobre el pueblo fiel.

A lo largo de los años la devoción se intensificó y el número de visitantes creció. Después de un minucioso examen, su culto fue aprobado por Mons. Luis Chávez y González, tercer Arzobispo de San Salvador.

Quien visita hoy la capilla del Colegio de Belén, en Santa Tecla, puede encontrar al pequeño Niño Jesús reclinado sobre un original arreglo, en una concha de ostra, que recuerda el procedencia de su descubrimiento.

A aquellos que lo visitan, el Niño Jesús parece repetir estas palabras del Evangelio: “Os aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10, 15)

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Dic
 

En los alrededores de Be­lén de Judá habitaba un inocente niño, hijo de pastores. Sus padres lo llamaron Sear Jasub, en homenaje al significado profético del nombre de uno de los hijos del profeta Isaías: “el resto que volverá”.

Una noche, Sear, estaba en el cam­po con su padre y otros pastores. Des­pertó bajo el efecto de una luz encan­tadora. Salió de la tienda y vio que to­dos contemplaban maravillados un co­ro de ángeles luminosos que cantaban: “Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena volun­tad”. Terminada la aparición, siguió a los pastores hasta Belén. No entendía lo que estaba pasando, pero un inmen­so júbilo embargaba su alma.

Cuando llegaron a la ciudad encon­traron una gruta intensamente ilumi­nada. Un niño de celestial belleza es­taba tendido en una pesebrera, en­vuelto en paños. A su lado, una mujer muy joven, de rostro resplandeciente, miró a Sear y le sonrió, grabándole en el alma esta promesa: “Hijo mío, un día todo esto volverá a tí”.

¡Imposible describir la paz y la di­cha del inocente pastorcito!

1Olvidó lo que nunca debió olvidar

Sear Jarub creció. Se fue a traba­jar con un tío, dueño de una mesa de cambio en los atrios del Templo de Je­rusalén.

Todavía joven y lleno de fe, acudía a la escuela de Gamaliel, se entusias­mó con Juan Bautista y fue uno de los primeros en recibir su bautismo.

Pero… los años pasaron y la aten­ción a los negocios amortiguó en su alma la memoria de aquella mirada y aquella sonrisa. Algunos fariseos lo ayudaron a establecer su propia me­sa. Se relacionó también con los sadu­ceos y se casó con una mujer de la fa­milia de Caifás.

Sólo una cosa empañaba ese hori­zonte promisorio: las noticias de un nuevo y controvertido profeta que co­menzaba a amenazar la hegemonía de los fariseos y saduceos, sus amigos.

Entre la admiración y el odio

Un día apareció en el Templo un hombre seguido por algunos rudos pescadores. Tomó unas cuerdas, hizo un chicote y se puso a expulsar a ven­dedores y animales. Cuando Sear vio sus mesas tumbadas y sus preciosas monedas esparcidas por el suelo, se precipitó encolerizado sobre el hom­bre. Pero al contemplar su rostro se llenó de pavor. Le parecía ver de nue­vo al niño del pesebre rodeado de án­geles. Huyó desconcertado.

Informándose más tarde, descu­brió que ese hombre era el mismo Na­zareno. Se sintió perturbado. Quería odiarlo pero era propenso a la admi­ración. Sus obras eran portentosas, aunque los fariseos aseguraran que se trataba de un poseso.

La duda crecía en el espíritu de Sear Jasub. Decidió acallar la voz de su conciencia asumiendo una postura neutral. Se limitaría a cuidar sus inte­reses personales; si el Galileo era de verdad el Mesías, tanto mejor, pues vendría el Reino y eso le traería so­lamente ventajas; si no, todo se esfu­maría, incluyendo aquella sensación de remordimiento que carcomía su al­ma.

El reencuentro2

Pasaron los meses. Un viernes por la mañana recibió una convocatoria de Caifás. El “blasfemo” había sido hecho prisionero y sería juzgado. Sear se afligió, y mandó decir que estaba de viaje. Como ya era su costumbre, recurrió al vino para calmarse y fue a dar un paseo fuera de la ciudad.

Cerca del campo del alfarero, vio pasar corriendo a un hombre desva­riado en dirección a unas higueras próximas, con una cuerda en la mano. Era un antiguo conocido suyo, llama­do Judas.

En el camino de vuelta a casa oyó un griterío. Al doblar una curva poco más adelante, aparecieron tres con­denados a muerte cerca­dos por el populacho que vociferaba contra uno de ellos. Tembló al adivinar de quién se trataba. Era un hombre cubierto de sangre y llagas, con una corona de espinas en la cabeza y una pesada cruz a cuestas.

Sear quitó el rostro por un momento. Cuando volvió a mirar, se percató que al lado de ese con­denado iba una mujer, bañada de luz al mismo tiempo colmada de dolo­res. ¿¡Sería su madre!?

Pasando a su lado, ella le dirigió la mirada… ¡y Sear recordó! Eran los mismos ojos materna­les de la mujer que trein­ta y tres años antes le ha­bía sonreído en la Gruta de Belén.

En busca de María

Invadido por una ad­miración indescriptible, Sear merodeó por las ca­lles sin rumbo fijo. Al tér­mino de la madrugada, en medio de la bruma, tro­pezó con un transeúnte al que reconoció; era Pedro, el jefe de los pescadores, que sin cesar repetía llo­rando: “¡Debo encontrar a la Señora!”

Esas palabras calaron hasta lo más hondo de su alma. Sintió la misma necesidad apremiante: ¡en­contrar a la madre del Mesías!

¡Claro! ¿Quién más que ella po­dría ayudarlo? Era preciso encontrar­la. ¿Pero cómo? Y Sear hizo entonces algo que había olvidado: rezó. Yahvé no dejaría de atenderlo si aquella se­ñora intercedía por él.

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Inocencia recobrada

Dicho y hecho. Unos días después vio en la calle a otro discípulo del ­Crucificado. Se llamaba Tomás y ca­minaba deprisa. Lo siguió por calles estrechas hasta llegar a una gran ha­bitación. Se le aproximó confiado, su­plicándole que lo llevara hasta la Señora. Al verlo tan movido por la gracia, Tomás accedió.

Sear casi no podía creer en lo que ahora sucedía. ¡Sí, era la misma mu­jer de porte real que le había sonreí­do cuando pequeño, y ahora le ha­blaba y lo consolaba! Y le devolvía su inocencia primaveral.

Con todo, no se imaginaba lo que iba a ocurrir.

Estando las puertas cerradas, sur­gió un hombre inflamado en luz. A su costado, en sus manos y pies ful­guraban llagas rojas. Sear lo recono­ció: era el Crucificado. Escuchó su voz, vio a Tomás meter la mano en una de sus llagas sagradas, y creyó. ¡Verdaderamente, el Señor había re­sucitado!

Buscando a María, también encontró a Jesús.

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